jueves, 25 de agosto de 2011

El anciano de los cigarros y la anciana ciega

Ayer en la siesta luego de un viaje considerable, tuve un sueño y el sueño más hermoso que he tenido. Entraba junto a mi compañera, a un edificio que tenía una puerta doble de cristal. Antes de entrar veo al lado de la puerta, un aciano encorvado de cabellos blancos bien peinados, piel clara casi trasparente, limpio, como recién lavado por la lluvia, de hermoso traje, claro en su totalidad, con una sonrisa y ojos como de niño enamorado, pero con la tranquilidad de los años. Su mirada la tenia alegremente fija hacia la dirección de la que nosotros veníamos. Pasamos por el frente suyo sí que cambiara su rosto en absoluto. Al entrar por la puerta, veo que detrás de nosotros venia una anciana, tan encorvada como el hombre, con pelo canoso y tomado en forma de tomate sobre su cabeza, con ojos entre cerrados luchando con su aparente ceguera. Ella cruza la puerta sin percibir la presencia del anciano, mientras la puerta se cerraba el anciano, que nunca dejo de mirarla, se movió suavemente hacia ella y declama con vos firme y cariñosa…

“Serán acaso tus ojos el panteón de mi vida?

¿Y serán acaso estos veinte cigarrillos en mi bolsillo

el atajo para llegar a ellos?

La anciana se detuvo, como identificando la voz y el poema, de la misma forma como identificaríamos la voz de un ser amado, aunque este haya muerto hace mucho tiempo. La anciana, se vuelve hacia la puerta ahora cerrada, se inclina aun más y entrecierra aun más sus ojos para identificar la figura. El anciano no dejaba de reír y movía sus manos, como un niño esperando recibir el regalo más anhelado de su vida.

Ante esta escena, me invadió una felicidad y mis ojos se llenaron de lagrimas, me dirigí hacia un baño del edificio, donde trataba de calmarme, pero ese hermoso sentimiento se me pegaba como un perfume penétrate. Mi compañera me preguntaba desde la puerta si estaba bien y yo entre risas y lagrimas, respondía que estaba muy bien, demasiado bien.

Lo cierto es que ese poema era el más hermoso que he escuchado, y únicamente al despertar pude rescatar la idea. Pienso que con el tiempo podre armarlo con las palabras originales y estoy seguro que me invadirá nuevamente ese sentimiento.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Rostro de madera en Cusco

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Por un estrecho callejón del Cusco, antigua capital de los incas, donde las paredes son la expresión cultural tangible de la fusión de cientos de años del imperio Inca, luego la imposición colonial española y la actual república de Perú, con un aroma a humedad y orina, se encontraba este anciano casi ciego y con un rostro que parecía tallado en madera. Su música llenaba los rincones oscuros, luchando con el ruido ambiental y a pesar de la edad del autor, parecía fresca y aguda, pero inevitablemente lejana.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Para una amiga

En un bar me he visto como el amor emerge de entre el humo y el olor a alcohol derramado, he visto como demonios sedientos de luz han arrancado flores para verlas morir en sus manos, he visto en los ojos de las personas la amistad impotente de no encontrar palabras que la materialicen, he visto tiritar y derrumbarse a seres humanos indestructibles, me he deslumbrado con las grandezas ocultas de personas que creía frágiles, he tenido placer, rabia, amor, odio, compasión, vergüenza y astillas de iluminación. El bar es el lugar más endemoniado y santo que se pueda encontrar en una ciudad o pueblo… y en ocasiones no se sabe de qué lado va uno a caer… procura averiguar antes…

Locrita

Caíste en mi sueño como una piedra en mis botas, me obligaste a levantarme de madrugada, para guardarte en una caja de papel. La lógica indica que tus raíces son de locura, tal vez de algún manicomio llegaste volando, nacida desde la boca de algún auxiliar o paramédico, que con ternura se imaginaba a la loca más bella del manicomio caminando de su brazo por la avenida, por las tiendas, por las fiestas familiares, por su cama, pero pensaba que sería complicado ocultar sus gustos por las manchas en la pared, las pelusas que perseguía por todo el manicomio o su pasión por las telas de araña, con las cuales solía hacerse alhajas y bufandas, en ese dilema estaba cuando te dio vida y alas.

Otros dicen que saltaste de una olla de grandes dimensiones, donde habían caído cueros y patas de cerdo, viseras olvidadas, ajo, cebolla y maíz. Algún comensal absorbido en esa sopa primitiva y en su eterna cocción, bravoceaba de puro aburrido “locro, locroto, locrata, locri, locrita… y sin dudar, te zafaste de esa gran olla para perderte en el bosque y ya cansada con sueño, te posaste un rato, un pequeño rato y en una pequeña ventana te dormirte y te unirte, a mi pequeño sueño.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Yuyu

En mi tierra hay zapatos y violines, piedras y empanadas, películas y loros chillones, mocos y malabaristas, ladrones y almejas, y conozco a un perro que ladra como un gato y un gato que vuela como un perro, aunque ninguno de los dos se conoce. También una vez me vi saltando con la cabeza y me quisieron comer unos bichos a los que no dije provecho, porqué no conocían al Carreño. Por pura suerte y gracias a mis habilidades como astronauta, un día te conocí chapoteando en un cuadrado, sin techo porque no estaban de promoción, por suerte claro. Con el pasar del tiempo, principalmente el del reloj, salte de un fideo a un musgo gigante y acá se ve como el musgo no es verde únicamente y el fideo se revuelca y revuelca, de chicha y de deschicha, pero yo ya deje de ser un yoyo, para avocarme de lleno al proyecto micromonumenta de ser un yuyu.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Armando el perpetuo


Cuando lo conocí ya le faltaban varios dientes, tenía una piel oscura y más arrugas juntas de las que podía imaginar, sin embargo, mi madre me decía que era más joven de lo que parecía, que había llegado junto a su familia a la población y se instalaron al lado río Zanjón de la Aguada. Un día cualquiera se fue la familia, todos hasta el perro, pero no se llevaron al Armando, lo dejaron abandonado, era un niño todavía. Cuando yo lo conocí ya era grande, pero me parecía un niño, un niño más niño que yo. Crecí viéndolo pasar por la población junto a su carretón, cuando las calles de los pasajes aun eran de tierra, cuando estaba la quinta, cuando las mariposas, las chinitas y los pololos aun revoloteaban por todos lados, cuando el río parecía que llevaba agua. Él era como parte del paisaje, llevaba una risa perpetua en su rostro, una camisa perpetua también, hasta sus profundos ojos eran de perpetua inocencia. Para mí fue el primer hip hopero que conocía, porque tenía la gorra con la visera para atrás y los pantalones a media asta. Pocas veces le pude entender su idioma rústico de base gutural y mímica, pero si embargo, por arte de magia, toda la población le entendía o parecía que le entendían. Desde lejos era como un minotauro, porque nunca se lo veía sin su carretón, parecía que había nacido con él. Llevaba siempre un montón de cartones y otras rarezas, sobre su otra mitad hecha de palos, clavos y un par de ruedas, que luego vendía por unas monedas. Lo cierto es que él nunca supo el valor del dinero, tal vez el dinero era sólo un pretexto para él, su dialogo y conexión con los demás. Ahora lo veo como un héroe, no mendigaba, no tenía casi nada material, pero disparaba si parar su sonrisa al que lo mirara, aun a sus perros, que lo seguían como hilachas desprendidas de su curtida piel.

Hace poco supe que le robaron su carretón, unos malditos le desprendieron su compañero de caminos, porque así se comporta la raza humana en ocasiones, siempre buscará un nivel más bajo, para poner a los que están más bajo. Ahora no he sabido más de él, pero me lo imagino con las dos manos por delante, caminando por las calles ahora pavimentadas, por la quinta ahora llena de edificios, por el aire ya sin insectos, junto al río que no lleva más que porquerías y con su ahora más perpetua vestimenta, disparando con más fuerza su perpetua risa.

martes, 21 de septiembre de 2010

Fragmentos

Me asechan y saltan a mi presente, recuerdos... muchos de ellos ínfimos y rutinarios, como el día en que aprendí a agarrar una escoba, o el primer día en que se me metió en las narices el olor a moho, de una de esas piezas en que luego viví, o el día en que pase una tarde entera jugando con las hojas secas de los álamos del pasaje, o el frío día en que veía caer gotas de agua sobre mi cama y el rostro de Alf, arrugado de humedad, me miraba desde una improvisad pared, o esa tarde que me tome el mate más largo de mi vida junto al río, porque me reconocía feliz con tan poco... de eso parece estar compuesta parte de la vida, de pequeños fragmentos del pasado que a veces resucitan como si se estuviera viviendo nuevamente, se van acoplando al presente, como si supieran que el tiempo es una escueta idea de nuestras ínfimas cabezas.